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   [ ENTREVISTA ]

Nº 7· Marzo/Mayo 04

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Alan Berliner. Las razones de un cine personal

Aunque la obra de Alan Berliner se haya podido ver en contadas ocasiones en nuestro país, su talento se ha ido difundiendo de boca en boca. Este documentalista norteamericano es autor de un sorprendente cine en primera persona: tanto por su temática – que indaga en la identidad y la historia familiar- como por sus condiciones de producción- Berliner produce, dirige, guioniza y monta todos sus filmes-. También por un “estilo muy personal”, caracterizado por un inteligente uso del material del archivo, un preciso dominio del montaje y por la posición enunciativa de interlocutor (entre público, personajes y él mismo) que adopta en sus filmes

La primera vez que se presentó su filmografía fue en el Festival de Creación Audiovisual de Navarra en el año 2002 y más tarde en la exposición Documentales Post Media. Después de la noticia que acogió el pasado año en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Con motivo del primero, Efrén Cuevas y Carlos Muguiro editaron un libro sobre su obra titulado El hombre sin la cámara. El cine de Alan Berliner, del que extraemos la siguiente entrevista con el director.

 

ENTREVISTACARLOS MUGUIRO Y EFRÉN CUEVAS. Extraída del libro El hombre sin la cámara. El cine de Alan Berliner, Ediciones Internacionales Universitarias, 2002

 

Alan Berliner está acostumbrado a realizar muchas preguntas, así lo reconoce unas líneas más abajo. En esta sección, sin embargo, es él el que responde a las dudas y cuestiones de los demás. Se recogen aquí sus palabras a propósito de asuntos relacionados, por ejemplo, con sus años de formación, con su acercamiento al proceso de hacer una película, con la memoria cinematográfica o con el llamado cine doméstico, verdadero archivo de la intimidad del siglo XX.
Esta primera entrevista está confeccionada expresamente para este libro y, en muchos aspectos, tiene un carácter elíptico y genérico, quizá más introductorio, ya que está pensada para complementar a las que se incluyen inmediatamente después, que abundan en su obra más reciente. Las preguntas de esta primera entrevista tratan de contextualizar la trayectoria y las preocupaciones creativas de Berliner y, también, de desentrañar un método de trabajo que, por otro lado, tiene mucho de intuitivo, de sistemático y paciente ensayo, de prueba y error permanentes.

 

Háblenos de su familia cinematográfica. ¿Qué directores, películas o montadores han sido modelo o un estímulo en algún momento de su trayectoria? ¿Siente que forma parte de alguna corriente o escuela dentro del cine independiente?
Estudié cine en una universidad con un plan de estudios inmejorable, que trataba al cine como un arte, centrándose en la historia, la cultura y las aspiraciones poéticas de la vanguardia en todos los campos y disciplinas. En algunas clases analizábamos cuadros o piezas musicales con la misma frecuencia con la que veíamos películas. Al mismo tiempo, también estaba cursando clases de arte en fotografía, escultura y vídeo, desarrollando una estética paralela que me llevaría finalmente a las instalaciones audiovisuales que realizo hoy en día. En aquel tiempo la mayor parte de mi trabajo era muy abstracto, minimalista y conceptual. Si alguien me hubiera dicho entonces que algún día acabaría haciendo películas personales sobre mi familia, me habría reído con total incredulidad.
Entre mis modelos cinematográficos más tempranos estaba gente como Vertov (especialmente El hombre de la cámara y Entusiasmo o sinfonía de Donbass), Eisenstein (sus películas y sus teorías), Ruttmann (Berlín, Sinfonía de una gran ciudad), y Welles (especialmente Ciudadano Kane). Algunos de los cineastas “experimentales” contemporáneos que me inspiraron fueron Michael Snow, Hollis Frampton, Bruce Conner y Ernie Gehr, junto con mi mentor en aquel tiempo, Larry Gottheim.
Siendo honesto, nunca he encontrado una “categoría” o una “escuela” en la que me sienta cómodo. Nunca me he tenido por un cineasta documental (al menos en el sentido tradicional), y a pesar de mi curriculum universitario, tampoco me considero un cineasta de “vanguardia”. A lo largo de los años, mis películas han sido descritas indistintamente como “no ficciones personales”, “documentales experimentales”, “ensayos fílmicos” y “autobiografías”. Mis instalaciones han sido definidas como “esculturas sonoras”, “vídeo arte”, “para-cine” e “interactivas”. Para alguien que siempre está tratando de romper los límites –tanto en cada uno como entre de los diversos medios con los que trabajo–, el cómo soy catalogado (como artista) no me importa demasiado.

 

¿Qué otras disciplinas artísticas han influido en su formación? ¿Qué lugar ocupan las instalaciones dentro del conjunto de su obra artística?
Siempre me he sentido fascinado por los artistas “multimedia” pioneros como Fernand Léger, Man Ray, Hans Richter y Moholy Nagy, porque su trabajo abarcaba muchas disciplinas, incluyendo el cine, la fotografía, la pintura y la escultura. Me impresionó mucho el descubrimiento de la escuela De Stijl de Holanda –particularmente el rigor estético de los manifiestos del “Neo-Plastic Art” de Theo van Doesburg, los escritos (y pinturas) de Wassily Kandinsky, y toda la filosofía (y la práctica) de la escuela de la Bauhaus. De alguna manera, todas aquellas influencias (junto con muchas otras, por supuesto) me animaron a creer y a continuar mi propio e interdisciplinar acercamiento hacia la realización de películas e instalaciones.
Cuando era un joven estudiante, solía ir y sentarme en el suelo de la sala Mondrian del Museo de Arte Moderno de Nueva York durante horas seguidas, fascinado por el orden de su trabajo, mirando cada una de sus obras como una ecuación única que resolvía algún ingenioso problema de composición asimétrica. No es ninguna coincidencia que yo escuchase mucha música del renacimiento en aquella época. En medio del ritmo frenético y caótico de mi vida, es una de las pocas cosas que realmente calma mi espíritu.
Debido a que me lleva tanto tiempo hacer mis películas –tenga en cuenta que yo soy el productor, el director, el montador, el guionista y frecuentemente (uno de ellos, si no el) operador–, y reclaman de mí una entrega y dedicación totales (a veces durante varios años), cuando llego al final de un proyecto me encuentro profundamente exhausto. Entonces se hace fundamental que encuentre una manera de relajarme, de rejuvenecer y limpiar mi cerebro antes incluso de pensar en entrar en el universo de un nuevo proyecto.
En ese momento es cuando hacen su aparición las instalaciones artísticas, como contrapuntos creativos a mi trabajo cinematográfico. Pero, por favor, entienda que no las veo como la vertiente “menor” de mi trabajo. Tienen una fundamentación conceptual y un lenguaje estético por sí mismas. En algunas ocasiones, también me ha llevado años acabarlas. Realmente creo que soy mejor cineasta gracias a mis proyectos de instalaciones, y que una parte importante de lo que hace que mis instalaciones sean interesantes es la manera en que reflejan las intuiciones y certezas que extraigo de mi experiencia como creador cinematográfico. Las dos dimensiones de mi trabajo siempre se han entrecruzado nutriéndose una de la otra.

 

¿Puede contarnos cómo fue el hallazgo del material que dio lugar a The Family Album? ¿Las voces y sonidos fueron registrados por usted?
En la primavera de 1980, vi un anuncio en el tablón de anuncios de The Collective For Living Cinema, un centro neoyorquino de exhibición y enseñanza de cine experimental, donde por entonces yo impartía clases. Una noche, cuando me iba, me fijé de repente en una pequeña nota escrita a mano ofreciendo vender una amplia colección de películas domésticas anónimas americanas en 16 mm desde la década de los años veinte hasta la de los cincuenta. Escribí rápidamente el número de teléfono y llamé a la mañana siguiente. Afortunada, y debería decir agradecidamente, fui la primera persona que se interesó por ellas.
Pocos días después me encontré con un hombre muy cortés –su nombre era Mr. Price– en la esquina de la Sexta Avenida y la calle 48 en Manhattan. Le pagué 150 dólares (increíblemente barato, ahora que lo pienso) por tres grandes cajas llenas, con casi treinta horas de variadas películas domésticas. Incluso me ayudó a cargarlas en el maletero del taxi. Mr. Price había sido un coleccionista de antiguos aparatos de cine, comprando viejos proyectores y cámaras en liquidaciones patrimoniales, mercadillos y ventas particulares, cuando y dondequiera que había podido. Según me explicó, en ocasiones compró las bobinas de películas domésticas que venían con esas cámaras y proyectores, incluso aunque no fueran lo que más le importaba. Con el paso de los años había acumulado una gran cantidad de películas domésticas y simplemente ya no tenía más espacio para almacenarlas. A su favor hay que decir que tenía la idea de venderlas a un cineasta, alguien que pudiera darles algún uso.
Aunque me llevó casi un año entero revisar y digerir todo aquel metraje de cine doméstico, la idea básica para la película se desencadenó al reflexionar sobre el “sonido”. Me obsesioné con la exploración de los “equivalentes” sonoros de aquellas películas domésticas y empecé a reunir toda clase de “auténticas” grabaciones sonoras familiares, lo que significaba comprarlas (en liquidaciones patrimoniales, mercadillos y particulares); pedirlas prestadas (a amigos y colegas); y en algunos casos crearlas (con miembros de mi propia familia). Comencé a recolectar historias orales, grabaciones de fiestas de cumpleaños, bodas, aniversarios, vacaciones, funerales, canciones de niños, cartas sonoras, lecciones de música, niños jugando con micrófonos y grabadoras, cintas de contestadores de teléfono…, todo tipo de material que llegase a mis manos.

 

Teniendo en cuenta que el material permitía infinidad de combinaciones distintas. ¿Cómo fue el proceso por el que llegó a la estructura biográfica que presenta finalmente The Family Album?
Toda la película es un collage de imágenes y sonidos sobre la familia estadounidense, estructurada desde el nacimiento a la muerte, de la infancia a la madurez, de la inocencia a la experiencia. Calculo que hay al menos 75 familias distintas representadas en la película (de raza, religión, etnia y clase variada, aunque lógicamente hay una preponderancia de familias de clase alta). Como todas las voces, canciones e historias de la banda sonora fueron registradas con independencia de las imágenes, la película es una recopilación totalmente sintética de la “vida familiar”, compuesta totalmente durante el proceso de montaje.
Había muchas formas en las que podría haberse combinado todo ese material, pero yo quería encontrar una estrategia que fuera lo más respetuosa y coherente posible con el género y el lenguaje del cine doméstico. Conforme pasó el tiempo, reparé en que todas las bobinas y latas que veía estaban etiquetadas en orden cronológico, siguiendo el crecimiento de un niño o el discurrir de las vacaciones conforme pasaban los años: Adrienne, un año; Adrienne, dos años; etc. Este descubrimiento hizo que considerara el utilizar la idea del “ciclo de una vida” como un posible principio de organización de la película, y así comencé a ensamblar cientos de imágenes de muchas familias diferentes de tal manera que, en efecto, la película “envejeciera”. Quería hacer una película que arrancara con bebés y concluyera con personas con el pelo gris y blanco, que evolucionaría en complejidad –emocional, psicológica y filosóficamente– como la vida misma.

Para un director que ha hecho una película como The Sweetest Sound, ¿cómo influye, a la hora de relacionarse con las imágenes familiares, el anonimato de la mayoría de las personas retratadas? ¿Cambiaría su forma de acercarse a ese material si conociera los nombres y apellidos de esas personas?
Lo que me impactó cuando estaba haciendo The Family Album fue cómo el acto de asignar un nombre a un rostro extraño, o inventar una historia sobre un personaje anónimo –por muy pequeño que fuera ese dato– daba a las imágenes un poder que nunca había imaginado que fuera posible. Ello hizo que cada uno de los rostros anónimos de alguna manera “cobrara vida”, incluso pareciera más familiar. A día de hoy, no puedo pensar en ellos con otros nombres (o con ninguna otra historia) que aquellos que les asigné en la película.
Plantear qué haría con las viejas películas domésticas de una familia actual (distinta a la mía), con imágenes de gente cuyos nombres e historias estuvieran a mi disposición, resulta interesante. Partiendo del hecho de que podría entrevistar a esas personas (y/o a sus parientes) sobre sus vidas, se me abriría una posibilidad apasionante de someter a prueba el concepto de “familia” desde la perspectiva de un intruso, un verdadero “extraño íntimo” [intimate stranger]. Teniendo en cuenta mis conversaciones con primos segundos y terceros en Nobody’s Business, y mis discusiones con todas las personas del mundo que comparten mi nombre en The Sweetest Sound, se podría decir que (de una manera u otra) siempre estoy intentando componer familias con extraños. No me sorprendería que intentara hacerme pariente de cualquiera (y/o de cualquier “familia”) sobre el que hiciera una película.

 

Frecuentemente repite imágenes de una película a otra con intenciones distintas. ¿Cree que la imagen es ambigua y manipulable, mientras que la palabra es más directa y menos engañosa? Después de hacer The Family Album, ¿desconfía de la imagen como instrumento para perpetuar y conservar la memoria?
Hasta el día de hoy, continúo reciclando imágenes de viejas películas en nuevas películas, y así lo he estado haciendo durante más de veinte años. Cada vez que acabo una película, todo el metraje original vuelve al archivo y se convierte en parte de ese “fondo” de sonidos e imágenes que está disponible para ser utilizado en la próxima película. Me gusta la idea de que voy creando una serie de referencias internas o “notas al pie” en y entre todas las películas que he hecho. El reciclaje de determinadas imágenes y sonidos vincula todas mis películas, como si fueran parte de la misma “genealogía”. A veces lo imagino como una metáfora de la idea de las combinaciones del DNA. En su sentido más amplio, hacer esto posibilita que mi trabajo sea examinado longitudinalmente, es decir, en el tiempo. Da al que lo mira otra dimensión que debe tener en cuenta cuando se adentra en mi obra.
Al mismo tiempo disfruto con lo que esto me permite decir sobre el “montaje”: que el poder, el significado y el potencial metafórico de cualquier imagen y/o sonido puede cambiar y desviarse (a veces radicalmente) como resultado de una nueva yuxtaposición cuidadosamente concebida con otras imágenes y/o sonidos. Es como volver a trabajar sobre algunos de los primitivos experimentos rusos de montaje (liderados por Eisenstein y Kuleshov) que mostraron cómo el contexto en el cine es totalmente “maleable”. En muchos aspectos, pienso que esta área del cine está todavía muy inexplorada.
Hacer The Family Album me enseño que las imágenes del cine doméstico son mentira. Muestran una representación idealizada de la familia como un mundo pacífico dominado por la figura paterna, sin conflictos ni dolor. Retratan a la familia (para la posteridad) como una fuente de alegría y diversión perpetua, como si la vida fuera un largo día de verano en la playa. Yo utilizo la banda sonora de la película para amortiguar y retar la ilusión de la imagen del cine doméstico, introduciendo contradicción, complejidad y un amplio abanico de asuntos de la vida cotidiana –enfermedades, divorcio, alcoholismo, suicidio, muerte (entre otros)- que cambian el modo en el que vemos la realidad tanto desde delante como desde detrás de la cámara.

 

En Intimate Stranger, conforme va contando la vida de Joseph Cassuto, va emergiendo la figura de su mujer. Es como si, resolviendo un misterio, crease uno nuevo. ¿Nunca pensó adentrarse en el punto de vista de esa mujer, su abuela?
Estoy seguro de que la historia de la vida de mi abuela Rose Cassuto no fue menos interesante que la de mi abuelo. Pero (para bien o para mal), la historia tiende a recompensar a los supervivientes. Y él es el único que obsesivamente salvó sus cartas, papeles, fotografías y todo aquello que sirvió como documentación para la película. Él fue el único que sintió la obligación de escribir su autobiografía, de convertirse en un testigo de y para su propia vida. Por supuesto, sin todo ese material no habría sabido tanto sobre él; pero tampoco habría podido conocer muchas cosas de mi abuela. De alguna manera, él la rescató como un personaje para mí, me ayudó a entender su realidad emocional y psicológica como esposa y como madre.
Al final, una de las cosas más importantes que aprendí haciendo Intimate Stranger fue que las biografías de los muertos son realmente exploraciones de los vivos. En muchos aspectos, los auténticos temas de la película son sus hijos –mi madre y sus tres hermanos– y cómo ellos todavía hoy experimentan cada día las implicaciones del legado de sus padres. Todos ellos tenían profunda compasión por mi abuela y por lo que ella tuvo que soportar en su matrimonio, y esto queda reflejado en la película. Joseph Cassuto puede que sea el personaje central, pero al final es como si Rose Cassuto tuviera las últimas palabras, especialmente cuando mi tío la describe como “la auténtica heroína de mi familia”. ¿Quizá es más significativo y poderoso presentarla así?

 

Respecto a su faceta como coleccionista. ¿De qué tipo de materiales cinematográficos, fotográficos, sonoros, etc., se compone su archivo? ¿Según qué criterios los ordena o clasifica?
Mi estudio es una especie de archivo multimedia. He reunido colecciones de sonidos, tanto efectos sonoros como otro tipo de grabaciones (como música y discursos históricos); imágenes cinematográficas, incluyendo filmes domésticos (tanto de mi propia familia como de fuentes anónimas); fragmentos de viejas películas, tanto de ficción como documentales; fotografías de periódicos y revistas del New York Times y otras publicaciones; diapositivas en 35 mm (tanto anónimas como personales); fotografías familiares y álbumes de fotos antiguos (anónimos); sin mencionar toda clase de objetos diversos y curiosidades que he rescatado a lo largo de los años. Tengo asimismo toda una pared llena con más de 200 cuadernos, que contienen información –la mayor parte artículos de periódicos y revistas– sobre un amplio y ecléctico abanico de temas diversos que continúan interesándome.
Debería mencionar también que soy “el guardián de la memoria” de ambas ramas de mi familia. Tengo un gran archivo lleno de fotografías familiares, documentos y cartas importantes que han ido pasando de mano en mano (y de alguna manera han acabado llegando hasta mí) procedentes de mis abuelos maternos y paternos. Naturalmente, los he catalogado, anotado, traducido y preservado.
Lleva mucho tiempo, esfuerzo y energía seguir la pista de todas esas cosas, pero yo lo hago por una razón muy simple: creo que de alguna manera –incluso aunque yo no sepa exactamente la razón cuando los encuentro– cualquiera de esos sonidos, imágenes, fotografías, objetos o fragmentos de información pueden tener y tendrán algún día utilidad en mi trabajo.

 

¿Realiza algún tipo de diario filmado, al estilo de los realizados por Jonas Mekas?
No, no llevo ningún tipo de diario videográfico. Ya me he rodeado de suficiente material en mi archivo como para mantenerme ocupado toda la vida. Me ahogaría en película si encima guardara una crónica de mi vida diaria. Por alguna razón, me satisface más trabajar con elementos del “pasado” distante que con aquellos del “presente” inmediato. Me gusta pensar que opero desde la posición de un “alquimista”: transformando viejos objetos, sonidos e imágenes en formas y significados nuevos.
Pero ¿quién sabe? Las necesidades y circunstancias de mi vida están siempre cambiando. Quizá la situación personal o política del futuro pueda demandar que empiece a documentar mi vida en forma de diarios filmados. ¡Cosas más extrañas han pasado!, como por ejemplo el cambio que ha experimentado mi carrera, de hacer collage abstractos a hacer películas personales sobre mi familia.

 

¿Cuánta gente participa en sus equipos durante un rodaje?
Cada película que hago requiere una solución diferente. Con Intimate Stranger, que se basa en grabaciones de la historia oral de los miembros de la familia, realicé las entrevistas y rodé todo el metraje yo mismo. En el caso de Nobody’s Business, contraté a un operador para rodar las entrevistas a cámara mientras yo grababa el sonido. A excepción de eso, yo mismo rodé todo lo demás. En The Sweetest Sound, contraté a un fotógrafo y a un sonidista para rodar las entrevistas a cámara y la cena que preparé para los Alan Berliner. También me serví de ese pequeño grupo para que me acompañará por Nueva York, donde entrevisté a cientos de personas en las calles a propósito de sus nombres.

 

¿Cuál es la base sobre la que inicia el montaje? Con la experiencia acumulada, ¿ha conseguido destilar algo parecido a un método de trabajo?
No tengo reglas cuando trabajo, sólo una intuitiva confianza en los misterios de ese proceso. Como mi trabajo está tan sustentado en el montaje, y el montaje tan fundamentado en una especie de “fe ciega”, yo siempre tengo que creer que puedo hacer (y que haré) fascinantes conexiones y descubrimientos entre y desde el material con el que he decidido trabajar. Años y años de pruebas y errores me han enseñado a perseverar, incluso cuando soy incapaz de ver el camino frente a mí. Además estoy abierto al hecho de que mis películas puedan empezar con un conjunto de ideas o retos y acabar en un lugar totalmente distinto e inesperado.
Otra gran enseñanza que he acumulado durante los años es la importancia absoluta de tener “malas ideas”. De hecho, a veces, cuanto más se tienen, mejor. Las malas ideas siempre conducen a otras mejores. Son la clave en la resolución de problemas, y esenciales en el proceso de hacer cosas. Finalmente, me he dado cuenta de que componer una película se parece mucho a cómo un pájaro construye su nido –una ramilla cada vez, y antes de que te des cuenta…

Usted dice que es el propio material bruto el que va indicándole el camino que debe seguir la película. ¿Ha abandonado proyectos porque no encontraba esa voz, esa guía? ¿Puede comentarnos esos proyectos?
Nunca he abandonado un proyecto porque no “escuchara” la voz de la película. Creo firmemente que cada película arranca con un pulso imperceptible y (conforme se desarrolla y crece con el tiempo) acaba teniendo una fuerte personalidad. En algún lugar de ese camino, entras en un “diálogo” con la película. Y ésta comienza a responderte. A decirte qué necesita. Todos los directores deben decidir si quieren y a qué distancia van a escuchar. Con el paso del tiempo, me he concentrado en crear y alimentar este tipo de relación con mi obra. Si algo no funciona, se debe, generalmente, a que no estoy “escuchando” lo suficientemente bien.
Desde luego, ésta no es una idea nueva; tener un diálogo con tu propia obra es una parte consustancial al mismo proceso creativo, que compromete a los artistas de todas las disciplinas, tanto si eligen reconocerlo como si no.

 

Y en ese proceso, ¿cómo encuentra el título de la película? ¿Qué valor otorga al título?
Los mejores títulos son aquellos que resuenan a lo largo de las tres etapas de la relación que se establece entre el espectador y la película, es decir antes, durante y después de haberla visto. Después de todo, un título es también un “nombre”, y como todo “nombre”, precede, anuncia y sigue a aquél o a aquello a lo que se refiere.
En muchos aspectos, encontrar un buen título es incluso más importante que el primer plano de una película. Por lo menos es la primera señal tangible –el primer mensaje concreto– enviada al espectador por el cineasta. Dice al que lo ve qué es lo que el cineasta piensa de la película, qué clase de proceso mental desea iniciar, qué clase de tono quiere establecer. Independientemente de si es intencional o no, cada título crea automáticamente un “aura” en torno al filme, una serie de asociaciones sutiles y de expectativas que se activan antes incluso de que el espectador entre en el cine.
Mientras la película se proyecta en la pantalla, su título está en el aire al acecho, sirviendo como de “asidero” –una carta de navegación en la que pueda apoyarse el espectador–, sobre todo si la película es difícil o si (por alguna razón) el espectador se encuentra perdido. Con frecuencia me descubro a mí mismo pensando en el título mientras estoy viendo la película. Para mí, es otra forma de crear conexiones, de suscitar significados diferentes y provocar nuevas asociaciones.
Finalmente, un buen título debería servir también como una especie de “eco” –algo a lo que el espectador pueda remitirse cuando recuerde la película– que resuena después de que se ha terminado. Mucho tiempo después de que el plano final se haya disuelto en mi memoria, un buen título permanece todavía ahí para darle vueltas, para estimular la reflexión y desencadenar nuevas (y/o viejas) ideas sobre la película.
Me llevó más de un año y medio hasta que finalmente apareció el título de The Sweetest Sound. Al principio estaba muy frustrado, pero finalmente me di cuenta de que en una película sobre los nombres tenía sentido padecer cierto grado de dificultad para encontrarlo. De hecho, hice de la búsqueda del título un ingrediente de la película misma. Incluso creé una sección que contenía quince títulos “descartados”, cada uno de los cuales podría perfectamente haber sido el título (pero no necesariamente “el mejor” título) de una película sobre nombres. Toda esta actividad auto-reflexiva se convierte en un tipo de “meta-diálogo”, otra forma de explorar el proceso y la importancia de los nombres y del nombrar.
Aun no puedo imaginar un título mejor para Nobody’s Business, que surgió de una frase en la película cuando mi padre declara que hablar de su divorcio en público era, simplemente, “un asunto que no le importaba a nadie” [nobody’s business]. Siempre me han gustado las distintas implicaciones de esta expresión. En primer lugar, el hacer una película sobre la propia familia (y revelar toda clase de detalles personales) es un asunto que no incumbe a nadie más; y luego está –en otro juego de palabras– el que la película puede ser entendida también como la historia (“los asuntos” [the business]) de “un don nadie” [nobody], una persona “corriente”. Existe también otra posible lectura del título, ya que en la película conversamos sobre su carrera en el mundo de los negocios [business], que era de hecho una fuente de orgullo para él.

 

Especialmente en el caso de Nobody's Business y The Sweetest Sound, las películas acaban convirtiéndose en documentales sobre sí mismas, sobre cómo han sido hechas, sobre las dificultades que ha encontrado para hacerlas. Da la impresión de que adquiere un compromiso de transparencia con el espectador, incluso apareciendo físicamente. ¿Cómo entiende la relación con el espectador? ¿Qué le exige? ¿Qué espera de él?
Creo de verdad que cada película que hago establece una especie de contrato con el espectador. Como mis películas son densas y tienen un ritmo acelerado, requieren un alto grado de concentración y paciencia por parte de quienes las ven. Como contrapartida a ese esfuerzo, me siento responsable de proporcionales algún tipo de “lucidez” experiencial, para asegurarme de que se sientan recompensados por el esfuerzo que le han dedicado.
Con esto en la cabeza, trato de crear un flujo de pensamiento a lo largo de toda la película para que los espectadores nunca pierdan la confianza en ella. Quiero que sientan que están en buenas manos, que siempre estoy intentando encontrar un delicado equilibrio entre la espontaneidad y el control en la manera de contar la historia. Nunca pretendo resultar predecible o confuso, sobre todo al comienzo de una película, cuando tengo la mejor oportunidad de construir ese vínculo de confianza.
Cada una de las películas que he hecho tiene su propio vocabulario y estrategia para abordar los asuntos que encierra cada historia. En el caso de Intimate Stranger, son los sonidos y el ritmo del click/clack de la máquina de escribir –la herramienta de la pretendida autobiografía de mi abuelo– los que puntúan el montaje rápido de imágenes fijas a lo largo de la película. En el caso de Nobody’s Business, es el empleo de las imágenes y sonidos del combate de boxeo lo que funciona como una metáfora de la relación con mi padre –de todas las relaciones paterno-filiales– a lo largo del filme. El secreto de The Sweetest Sound descansa en la íntima relación que establezco con la audiencia, basada tanto en las palabras de mis reflexiones personales como en el tono informal con que las transmito.
Como en The Sweetest Sound era la primera vez que hablaba directamente al espectador, me parecía que era importante tanto ser auto-reflexivo como auto-reflectivo en mi “narración”. Proporcionándole al espectador una ventana a mi intimidad –e introduciendo humor en ese proceso– relajo a la audiencia y (eso espero) les animo a profundizar con más franqueza en las dimensiones más profundas (y en ocasiones más oscuras) de la película.
Casi siempre intento colocar algún elemento interactivo en mis películas. En Nobody’s Business hay un título de crédito que solicita al espectador que “por favor contacte con el cineasta” si tiene alguna información sobre el equipo campeón de béisbol en el que jugó mi padre cuando estaba en el ejército. Un año después, conseguí contactar con uno de sus compañeros de equipo.
En The Sweetest Sound, invito a los que están viendo la película a que contacten conmigo si tienen algún dato que contradiga mi “reto” a ese “mito” según el cual el nombre de los emigrantes recién llegados a los Estados Unidos era cambiado en Ellis Island por los oficiales de inmigración. En otro lugar, muestro la dirección de mi página web, dando de nuevo la oportunidad a la audiencia de interrelacionarse con la película después de que ésta haya acabado.

 

Su filmografía presenta una coherencia aparentemente impecable. Parece que cada película genera la siguiente. ¿Cuáles cree que son los elementos que dan esa unidad? ¿Está de acuerdo con los que dicen que toda su filmografía gira en torno al tema de la identidad?
En primer lugar, gracias. Aunque parezca extraño no es algo premeditado en absoluto. La verdad es que, después de acabar cada película, nunca sé cuál va a ser la próxima. Nunca he trabajado en dos películas a la vez, o montado una mientras ruedo otra.
Quizá la coherencia de la que habla se deba al hecho de que (como comentábamos antes) a veces reciclo las mismas (o similares) imágenes de una película a otra. Quizá como todas ellas son variaciones y reflexiones sobre el tema de la “identidad” –vista a través del prisma de “la familia”, de mi familia–, por eso se crean esas conexiones profundas entre ellas. Quizá se deba a que comparten un grupo similar de personajes.
Me gustaría creer también que lo vincula a mis películas es mi empeño en hacer que la manera en la que cuento una historia sea tan interesante y atrayente como la historia en particular que estoy intentando contar. Quiero que el espectador comparta la mirada y las sensaciones de esta forma de aproximarse al cine.
Tras concluir The Sweetest Sound en 2001, de nuevo me encontré en la situación ya conocida de no saber qué iba a hacer a continuación, a dónde me iba a llevar mi próxima búsqueda sobre la “identidad”. Sorprendentemente, he decidido volver a las preocupaciones de mis primeras películas experimentales de carácter abstracto. Mi nuevo proyecto –titulado todavía de forma provisional Arithmetic– es una ampliación y puesta al día de mis experimentos sobre las relaciones entre sonido e imagen de los collage que hacía en los años ochenta (como City Edition y Everywhere At Once).
Como todavía estoy en las primeras etapas de este nuevo proyecto, no sé si usted (a pesar de mi intención de no hacer una película “personal”) se las arreglará de alguna manera para transformarse en algo que intrínsecamente conecte con mis otras películas sobre la “identidad” y “la familia”. Me pregunto si entonces será capaz de identificarlo como un “primo lejano” de películas como Nobody’s Business y The Family Album.
Sospecho que existe esa posibilidad. Una parte de mí espera que cuando Arithmetic esté acabada, diga que encaja “con impecable coherencia” en el cuerpo de mi obra. Pero al mismo tiempo, de igual manera que quiero que reconozca su relación con un proceso de creación cinematográfica que ha estado evolucionando durante décadas, también me gustaría que se sienta verdadera (y agradablemente) sorprendido.

 

Según se recoge en Intimate Stranger, el apellido de su abuelo proviene de los sefardíes españoles. ¿Nunca ha pensado investigar sus raíces hispanas?
Me encantaría investigar mi raíces hispanas. El único problema es que los judíos fueron expulsados de España en el siglo XV. El rastro escrito de mis antepasados en Europa del Este se rompe a comienzos del siglo XIX. Estoy casi seguro de que no existen documentos que puedan encontrarse en España en los que figuren referencias de mis ancestros hispanos. Incluso si existieran, no sabría por dónde empezar a buscarlos.
Teniendo en cuenta esto –y como me encantaría encontrar una excusa para volver a España algún día– déjeme aprovechar esta oportunidad para mencionar los nombres de mis ancestros sefardíes. A lo mejor alguien que está leyendo esto tiene alguna información, o al menos puede ser capaz de orientarme en la dirección correcta. Los apellidos españoles de mi familia son Cassuto, Pettito, Trabulous y Benveniste…

 

Se nota una presencia fuerte, aunque muchas veces no nombrada explícitamente, de una identidad judía en sus películas. Para usted el ser judío ¿es un trazo cultural, una memoria histórica o una convicción religiosa?
En muchos aspectos mi experiencia como judío –mi identidad judía– es algo que estoy todavía asumiendo. Aunque mis películas obviamente reflejan mi herencia y ascendencia judía, tienden a hacerlo en términos “culturales”, no religiosos. Nobody’s Business, por ejemplo, se percibe generalmente como una película muy “judía” –se proyecta en conferencias y festivales de cine judío de todo el mundo–, aunque mi padre y yo de hecho nunca hablamos de religión. Excepto en una breve sección sobre el Holocausto, se habla muy poco sobre lo que es ser judío.
Pienso que esto se debe a que “lo judío” de la película está codificado realmente en el tono de nuestra conversación: en el lenguaje del cuerpo de mi padre, en su manera de hablar, en la naturaleza de su persistente escepticismo. Quizá descansa en la ironía básica de nuestra relación, en nuestra capacidad para hablarnos como padre e hijo de un manera abierta, honesta, enfadada y/pero también cariñosa.
Por alguna razón, los judíos tienden a simpatizar mucho con la película. Lo cual hace que me acuerde de un chiste judío: “¿Cuál es la definición de un chiste judío? Es un chiste que ningún no judío puede entender, pero que todo judío ya ha oído”.
Afortunadamente, la película ha trascendido sus orígenes judíos. Hay gente de todo el mundo –de razas, etnias y religiones distintas– que me escribe diciendo cuánto les recuerda a su relación con sus propios padres o abuelos. ¡Una persona incluso me escribió diciendo que ver Nobody’s Business le había hecho querer ser judío!
Supongo que como he elegido mi propia familia como laboratorio para explorar las misteriosas confluencias de la historia, la herencia y la cultura que enlazan a una generación con otra, la experiencia de ser judío naturalmente juega un importante papel en mi obra.
Para mí, lo más judío de mis películas es su conexión con una profunda (casi Talmúdica) tradición de formular preguntas: no como un camino para buscar respuestas, sino como una forma de desencadenar (y preguntar) más cuestiones.

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Efren Cuevas es profesor de Teoría y Crítica Cinematográfica en la Universidad de Navarra.
Carlos Muguiro es Graduado en Dirección en la ECAM y autor de guiones documentales como La guerrilla de la memoria y La cabeza de Lenin.

 

Alan Berliner.

MÁS INFORMACIÓN

www.alanberliner.com

"Hacer The Family Album me enseño que las imágenes del cine doméstico son mentira. Muestran una representación idealizada de la familia como un mundo pacífico dominado por la figura paterna, sin conflictos ni dolor. Retratan a la familia como si la vida fuera un largo día de verano en la playa"

 

"Una de las cosas más importantes que aprendí con Intimate Stranger fue que las biografías de los muertos son realmente exploraciones de los vivos. En muchos aspectos, los auténticos temas de la película son sus hijos y cómo ellos experimentan las implicaciones del legado de sus padres"

 

"Me gusta pensar que opero desde la posición de un “alquimista”: transformando viejos objetos, sonidos e imágenes en formas y significados nuevos"

 

"He decidido volver a las preocupaciones de mis primeras películas experimentales de carácter abstracto. Mi nuevo proyecto es una ampliación y puesta al día de mis experimentos sobre las relaciones entre sonido e imagen de los collage que hacía en los años ochenta"


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