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   [ NOTAS URGENTES para un documentalismo del S.XXI ]

Nº 7 · Marzo/ Mayo 04

ccc

De la imprecisa naturaleza del documental

POR: LLORENÇ SOLER, DOCUMENTALISTA

En estos momentos el documental se debate entre la objetividad y la pasión, entre lo real y su interpretación, entre la verdad y el engaño. En definitiva: entre el ser y el no ser. El documental, sobre todo a partir de su proliferación en las televisiones, descubre su carácter híbrido y se presenta con serias dudas sobre su paternidad. ¿Es hijo del cine? ¿O lo es del periodismo?

El documental, tal como lo conocemos hoy, y tanto si está destinado a la pequeña pantalla como a las salas cinematográficas, constituye UNA FICCIÓN ELABORADA A PARTIR DE ELEMENTOS EXTRAÍDOS Y SELECCIONADOS DE LA REALIDAD. Estos elementos, reorganizados (manipulados) por el autor mediante la aplicación del proceso de montaje (edición) constituyen un discurso cuyo sentido final puede coincidir o no con la realidad. La tan cacareada “objetividad periodística” no pasa de ser un concepto evanescente instalado en las mentes de los estudiantes de periodismo, pero de imposible consecución en la práctica.

Veamos el mecanismo de producción documental. En principio se parte de los que llamamos “realidad”, pero que no es más que su reflejo externo, lo visible. Esta apariencia de realidad se capta a través de la cámara mediante tomas de diversa duración. Cada toma puede ser un encuadre distinto. El encuadre siempre tiene un carácter excluyente (el ojo de la cámara mira siempre al frente, pero no a los lados ni a su espalda). También puede darse un encuadre cambiante dentro de la misma toma, gracias al empleo de panorámicas y travellings, pero la cámara seguirá teniendo ángulos de visión ciegos. Posteriormente, la edición (corta y pega) constituirá una operación reductiva que alterará el sentido de la toma. El reordenamiento de los planos acabará siendo determinante para el sentido global del discurso. Y, por si fuera poco, el añadido de comentarios en off y de efectos sonoros y musicales acabará por aportar nuevas dosis de elementos significantes (y posiblemente mixtificadores).

Como vemos, el material documental original está sometido a un continuado proceso de alteración de sus valores de origen, a una especie de poda constante. Con lo que resta al final de esta poda, se hace un guiso a gusto del cocinero, donde no faltan las especias más picantes.

Por el contrario, ¿cuál es el proceso de construcción de una película de ficción de tratamiento realista? En primer lugar interviene el guionista, que elabora un relato literario en el que, tanto las situaciones, como el perfil de los personajes y los diálogos deben ser lo más semejantes posible a situaciones, personajes y diálogos reales. O sea que, partiendo de la nada, de la idea abstracta, el guionista recorre un camino constante de aproximación a lo real. Más tarde, el director, con la participación de los actores y del resto de colaboraciones (fotografía, decorados, vestuario, etcétera) levanta una puesta en escena empeñada en ser la transcripción más fiel de la realidad. El proceso, en suma, constituye una ascensión constante por una pendiente que conduce a la cima del realismo y, en consecuencia, a la credibilidad del espectador.

Así, difícilmente un documental podrá ofrecer una imagen más creíble de la vida en los suburbios de Roma con tan descarnado realismo como el que aportó Pier Paolo Passolini en su film Accatone o, más recientemente, describir la violencia cotidiana de Ciudad de México como lo ha hecho González Iñárritu en Amores perros. En esa carrera hacia lo que se ha definido como “lo verosímil fílmico” nos encontramos con la brutal confesión del cineasta Leos Carax: “lo que da miedo en el Cine es la libertad absoluta de escribir la vida.”

De eso se trata. De escribir la vida. ¿Mediante el documental? ¿Mediante la ficción? Y ¿quién es capaz de fijar la indecisa frontera entre los géneros? Yo no, por supuesto. Por eso también mis películas (Saïd y Lola vende cá) no son otra cosa que documentales sobre una ficción.


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