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VI
Festival Documental de Tesalónica: Imágenes del siglo
XXI Del 15 al
21 de marzo de 2003 en Tesalónica, Grecia
POR: PERE ALBERÓ
Por sexto
año consecutivo el equipo responsable del International Film
Festival que tiene lugar en la ciudad griega de Tesalónica en el mes
de noviembre, ha puesto en marcha este festival documental que, año
tras año, va ganando envergadura. La programación del festival se
podría agrupar en tres grandes secciones. La primera, de ámbito
internacional y con un carácter de muestra, en la dirección que
expone el epígrafe del festival: “Imágenes del siglo XXI”. La
segunda, de carácter competitivo, reservada a los documentales
griegos producidos a lo largo del año. Y la tercera, compuesta por
diversas retrospectivas o monografías: dos homenajes dedicados a los
documentalistas Stefan Jarl y Heddy Honigmann; y dos
monografías sobre documentales entorno a Theo Angelopoulos y
Abbas Kiarostami.
Los
premios más destacados han sido el otorgado por el público, dotado
además con 3.000 euros, para el documental canadiense The
cororation de Mark Achbar y Jennifer Abbot. Una
película muy en la línea directa y sarcástica y con el gran sentido
del espectáculo televisivo de Michael Moore, quien interviene
también como entrevistado en el filme. Un producto de mínimo valor
cinematográfico, pero de gran impacto periodístico en su
investigación en torno a los núcleos sobre los que se configura el
sistema capitalista.
Otro
premio, este sin dotación económica, pero de mayor trascendencia
internacional, ha sido el otorgado por la crítica internacional
(FIPRESCI) a una auténtica joya cinematográfica, sobre la que mas
adelante entraré en detalles: Barefoot to Herat del director
iraní Majid Majidi.
En la
competición griega los dos premios principales fueron para The
box de Eva Stefani, en películas que no superaban los
45’, con una dotación de 5.000 euros; y Summer lightning de
Nicos Ligouris, para categoría de largometrajes y dotado con
12.000 euros.
Sección Internacional
En este
apartado, el más numeroso del festival, han sido programadas
películas producidas básicamente a lo largo del 2003. En su
diversidad de temas, procedencias y duraciones, han trazado una
panorámica bastante precisa de formas y tendencias actuales en el
documental que nos permiten aventurar alguna reflexión de carácter
más o menos general.
Los
medios actuales de producción y post-producción, junto al mayor
interés de festivales y salas comerciales, ha favorecido la
posibilidad de realizar documentales con absoluta libertad creativa,
poniendo de manifiesto la vitalidad del documental frente al
agotamiento de las fórmulas narrativas de la ficción, muy
especialmente en Estados Unidos y Europa. El documental o el
indefinido territorio que se sitúa entre ficción y documental –como
tan bien mostrado el cine iraní- ha representado lo más revelador en
el campo audiovisual en este cambio de siglo. Frente a una mirada
fatigada o autocomplacida de la gran mayoría de directores de
ficción, se han podido descubrir en los territorios por dónde se
entrecruza el documental, miradas que son capaces todavía de
proyectar alguna luz sobre la vida que se mueve a nuestro alrededor.
Claro que esa calidad surgida a la par que se incrementaba la
cantidad, tiene también un grave problema: esta cantidad provoca una
inflación de productos, donde una serie de cabezas parlantes
explican cosas ante una cámara, enlazadas por una batería de
imágenes que ilustran o sirven de transición entre una información y
otra. La tiranía de la información que domina demasiado a menudo en
los documentales es un lastre que convierte a la cámara en un
convidado de piedra y a la narración audiovisual en un estereotipo
al que recurrir sin cuestionamiento alguno.
Los
festivales audiovisuales son una pieza fundamental para conseguir
que el documental tenga una entidad más allá del ámbito del
periodismo y en este sentido el Festival de Tesalónica, ha cumplido,
considerablemente con este cometido. Se han visto, ciertamente,
documentales con cabezas parlantes, relatando situaciones de gran
contenido dramático, aunque sin ningún sentido dramatúrgico,
afortunadamente han sido más las películas que han intentado plasmar
con sus imágenes una forma de mirar y escuchar el
mundo.
Un buen
ejemplo de ello ha sido la película alemana The story of the
weeping camel de Luigi Falorni y Bayambasuren
Davaa, que está teniendo una buena carrera comercial en su país.
Una historia concentrada sobre muy pocos elementos: la poderosa
presencia del desierto de Gobi, una familia nómada del sur de
Mongolia y una fina línea argumental que aglutina todos los
elementos: el rechazo de una madre camello hacía su recién nacido.
Todo captado por una cámara de mirada pausada, precisa y
detallista.
No
obstante, el registro que más se ha repetido, ha girado entorno a
lugares o personajes marginales o bien en una situación dramática
sumamente intensa, algo que en muchas ocasiones se tiene la sospecha
de haberse convertido en un lugar común para otorgar al filme un
carácter social o de denuncia. Aunque no por gritar se trasmite el
dolor, ni por acercarse a lugares marginales se ataca a la sociedad
opulenta. En ese registro mayoritario, a parte de la película de
Majid Majidi que ha sido una verdadera revelación, podemos
destacar el filme mejicano La
pasión de María Elen” que sigue el proceso de una joven indígena
taraumara que ha perdido un hijo e inicia un nuevo rumbo en su vida
lejos de su lugar de origen, pero sin renunciar a sus raíces. Un
interesante personaje y una conmovedora situación que
desgraciadamente se dilata innecesariamente, dando vueltas entorno
al dolor de la perdida del hijo o lo diferente que es la vida en la
sierra. También en esta línea, el documental español Dueños de nada de
Sebastián Talavera Serrano. Dentro de una estructura bastante
estereotipada, tiene el encanto de unos personajes centrales que en
un barrio marginal de Sevilla hablan de sus esperanzas de un futuro
más digno. También tuvo su interés el documental norteamericano Lost boys of Sudan que sigue
la emigración de unos jóvenes que escapan de la violencia en Sudán
hacia la tierra prometida norteamericana. Un largometraje que, sin
llegar a su amplitud y sutileza, guarda notables paralelismos con
Balseros.
Barefoot to Herat
Pero sin
lugar a dudas, la película más impresionante que vi en este festival
y en bastante tiempo de ver películas, ha sido este documental iraní
sobre refugiados, desposeídos y esperanzados seres humanos afganos
que tuvieron la poca fortuna de nacer en una tierra y en un tiempo
en el que se entrecruzaron una serie de intereses que, al margen de
sus vidas, los condenaba a ser simples hojas movidas por la
tormenta.
Majidi,
es un director conocido en nuestro país. Dos de sus largometrajes de
ficción se han estrenado comercialmente aquí: Los niños del
cielo y El color del paraíso. Y es, de la importante
galería de cineastas iraníes que han llegado a las pantallas
occidentales, el que probablemente ha sintonizado con un público más
mayoritario,
principalmente por la gran carga emotiva y melodramática de
sus películas. En Barefoot to
Herat el objetivo principal de su cámara siguen siendo los niños
pero ha depurado de sus imágenes cualquier efecto para impresionar
emocionalmente al espectador. Pocas veces los niños han sido
filmados de forma más despojada, más respetuosa, más sobrecogedora
en su simplicidad. Película de una siniestra belleza que hace
aflorar desde una tierra devastada, en una situación de tremenda
injusticia humana, lo más noble que alberga el ser humano: la
dignidad, el coraje, la abnegación y ,a pesar de todo, la esperanza
y la inocencia para seguir creyendo en la vida.
Televisión de Catalunya, parecía interesada en la compra del
documental, aunque personalmente pienso que el lugar de emisión
debería ser las plazas de nuestras ciudades, donde nuestra
cotidianidad se debería confrontar con esta extraña revelación,
según la cual, en ocasiones, el audiovisual es capaz de mirar lo que
pasa a nuestro alrededor y dar testimonio, de lo mas elevado y lo mas despreciable, de
nuestro tiempo.
Documentales
griegos
Después
de unos cuantos años de seguir la cinematografía griega, una de las
conclusiones que he podido sacar es que el nivel de sus
producciones documentales estaba bastante por encima de sus
ficciones. Había tenido ocasión de ver hace unos meses la excelente
reflexión entorno a la emigración de The way to the west de
Kiriakos Katzurakis o interesantes miradas sobre la cultura
popular o su pasado en películas como Ways of rebetiko o Guardians of time; o hace un
par de años un interesante ensayo visual, con reminiscencias a la
obra de Chris Marker: Encomium-A Tribute to
slowness. En esta edición, contrariamente, no he visto ningún
documental que llegara al nivel de los antes citados. El que
encontré mayor interés fue New Odessa: The village of de lake
entorno a uno de los decorados de la película de Theo
Angelopoulos El prado que llora. Aunque debo reconocer no
haber visto el que venció en la categoría más corta: The
box.
Heddy Honigmann
Una de
las retrospectivas del festival ha estado dedicada a la cineasta
limeña, nacionalizada holandesa: Heddy Honigmann. De ella se
ha podido ver toda su filmografía documental, exceptuando 2
minutes silence, please. En Barcelona se pudo ver en la
Filmoteca el mes de septiembre de 2001 alguna de estas películas,
pero personalmente, ésta era la primera vez que tenía ocasión de ver
alguno de sus filmes y la impresión ha sido la de encontrarme ante
una cineasta de gran envergadura en su forma sencilla e intimista de
acercarse a las personas y en la coherencia de su mirada que
atraviesa de manera cristalina todas sus
películas.
Sumamente crítica con su obra anterior a 1987, año de
producción de su largometraje de ficción Sombras de la mente; su
primer documental “visible”, Metal y melancolía (1993),
una galería de retratos de taxistas limeños, tiene ya todas las
características que van a definir el resto de su obra. Con una
paleta visual y argumental muy reducida, limitada a los primeros
planos de los taxistas conduciendo; algunos planos más generales
donde la actividad de las calles se asoma a las ventanas de los
coches y alguna puntual salida a las casas de los conductores; sin
embargo, de lo primero que uno toma conciencia es que aquella no es
una obra pobre en recursos, sino el resultado de una depuración en
busca de lo más esencial, de lo más íntimo que puede ofrecer ese
grupo humano en su lucha diaria frente a una situación sumamente
adversa. No le interesa a la directora la queja, la denuncia, el
impacto dramático de la miseria, sino esencialmente el escuchar, el
dialogar, el llegar a entender cómo a pesar de las adversidades, la
capacidad de superación puede provocar una reconciliación con la
vida. Un sentimiento que se irá refrendando en cada una de sus obras
posteriores: a pesar de todo la vida debe ser
reconquistada.
Su
filmografía entera puede ser vista como los trazos humanos por
reconquistar la vida. De ello debe deducirse, obviamente, un primer
sentimiento de pérdida. Prácticamente todos sus personajes han
perdido algo: los exiliados que tocan en el metro en La orquesta del metro; los
cubanos que reviven por el baile en Nueva York en Dame la mano; los que
quedaron vivos en un pueblo de las montañas bosnias y recuerdan a
sus muertos en Good Husband,
Dear son; la acción misma de perder como núcleo temático de Privé, su documental más
desvinculado del resto y cómo la propia directora reconoce, el menos
logrado, probablemente porque a diferencia del resto hay en su
origen y en su desarrollo un concepto –la pérdida- por encima de una mirada, o
la experiencia viva de unos personajes que van construyendo la
película en el propio proceso de vivirla.
Ese
sentimiento de revivir aparece sumamente diáfano en Crazy película organizada en
diversos capítulos en los que unos militares holandeses rememoran
sus misiones, en diferentes lugares conflictivos, bajo mandato de
las Naciones Unidas. La película, a pesar del interés de los
testimonios que dibujan un siniestro mapa geográfico e histórico de
los conflictos de la segunda mitad del siglo XX, no alcanza la viva
experiencia de sus otras películas, exceptuando unos privilegiados
momentos en los que Heddy, prescindiendo del discurso racional de
sus personajes, les pide escuchar una pieza musical que contenga,
para ellos, el recuerdo en carne viva de aquella experiencia del
pasado. En esos momentos, ausentes las palabras, aflora al hilo de
la música lo más recóndito, pero también lo más vivo de aquellas
memorias. Allí, en el centro de estas arias musicales-sensitivas en
las que confluyen los recitativos de palabras e imágenes que las
circundan, vuelve a emerger el sentimiento de pérdida y ejemplifica
muy nítidamente el papel que Heddy reserva a la música en sus
filmes. Su presencia nunca tiene un carácter atmosférico, ni
rítmico, ni tan siquiera sentimental o embellecedor. Ciertamente la
música está en el centro de las emociones, pero por la razón de que
se sirve de ella para desvelar lo más vital de sus
personajes.
Otro
clarificador ejemplo de esa estrategia de revelación por medios
indirectos y de gran sutilidad lo tenemos en Good Husband, Dear son uno
de los acercamientos más impresionantes sobre el conflicto en los
Balcanes pero, al mismo tiempo, también sobre la pervivencia de la
memoria y la convivencia con la ausencia. Película sobre
experiencias tremendamente violentas que desprende un sentimiento de
profunda armonía, donde los pequeños objetos: un manzano, una paleta
de albañil, una camiseta... desvelan a los ausentes y los rastros
que han dejado entre los vivos. Cómo esa conmovedora escena entre
las tumbas del cementerio, donde un anciano nos presenta el recuerdo
que ha perdurado en él de los que están ahí enterrados. Mecanismos
todos ellos para poner en marcha los hilos de la rememoración que
tienen como finalidad última algo que muy pocos cineastas han
conseguido: sacar lo mejor del ser humano. Heddy Honigmann lo
consigue.

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Barefoot to Herat de Majid Majidi

The corporation de Mark Achbar y Jennifer
Abbot

Metal y Melancolía de Heddy Honigmann
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